Calidad de la representación y democracia.
Las últimas
apariciones mediáticas de un Diputado liberal, vergonzosas por cierto, han puesto nuevamente en evidencia la baja
calidad de la representación política en nuestro país. Lo del Diputado Portillo
(y tantos otros) nos obliga a repensar la gestión política y, por ende, la
calidad de la democracia.
En este
análisis, no puede obviarse a los partidos políticos, como actores centrales y
protagonistas del juego democrático. La calidad de la representación depende,
en gran medida, del grado de cumplimiento de los partidos políticos de su rol
constitucional. En ese sentido, la CN establece en sus artículos 124, 125 y 126
disposiciones relativas a las instituciones partidarias, definiendo su
naturaleza y funciones, el derecho a la libertad de asociación a un partido o
movimiento político para todo ciudadano y las prohibiciones en cuanto a su
funcionamiento.
Sin embargo,
y si bien la propia CN establece que la ley reglamentará de forma más detallada
la constitución y el funcionamiento de partidos y movimientos políticos, las
instituciones políticas de mayor protagonismo en nuestra democracia
representativa, carecen actualmente de una herramienta normativa propia que
atienda las innumerables especificidades que hacen al funcionamiento pleno de
éstas, todo lo cual está inserto actualmente en el Libro II de la ley 834/96
que establece el Código Electoral paraguayo.
La carta
magna de 1992, le otorga rango constitucional a tres funciones puntuales de los
partidos políticos: formación de autoridades electivas, orientación de la
política nacional y formación cívica de los ciudadanos.
Con mucha
responsabilidad se podría decir que ninguna de estas funciones son honradas hoy
por los partidos políticos.
La falta de
ideario programático, en casi todos ellos, incide negativamente en la
posibilidad de influir con solvencia en la orientación política nacional, en el
diseño de las políticas públicas, dando a la República un norte hacia el cual
apuntar, los dirigentes que lanzan los partidos y que luego son responsables de
conducir espacios relevantes en la administración no saben de esta forma que
línea política o ideológica deben representar ya que sus organizaciones
políticas no lo tienen claro.
Estos mismos
dirigentes tampoco son preparados ni formados en el seno de sus respectivos
partidos, la propia institución partidaria no genera procesos internos de incentivo
y selección de los mejores hombres y mujeres, no invierte en ellos,
capacitándolos para que estén preparados una vez que les toque ocupar un cargo
de responsabilidad pública. Los partidos, de esta forma, se constituyen en
grandes maquinarias estrictamente electorales, que se aglutinan y organizan
para las citas eleccionarias, fueron vaciados de contenido, y con ello todo el
sistema democrático se resiente por la participación “limitada e instrumental”
de estos agentes estratégicos para la promoción de la vida en democracia.
La falta de
credibilidad de la ciudadanía en los partidos y los actores políticos es el
resultado del fracaso de la gestión política, Portillo es la confirmación de
ese fracaso.
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