20 AÑOS DE INTEGRACIÓN?

El vigésimo aniversario del Mercado Común del Sur (Mercosur) se cumple en medio de un escaso entusiasmo por parte de los gobiernos de los países que lo conforman. Pero, además, con gran desinterés ciudadano sobre el tema. 

No se han previsto agendas comunes de festejos entre los gobiernos, ni grandes eventos que demuestren que existen motivos para festejar. Esta es una señal por demás llamativa. 

Posiblemente, para comprender esto, deberíamos retrotraernos en el tiempo a los antecedentes de lo que posteriormente sería conocido como el Mercado Común del Sur (Mercosur). 

En este sentido, es importante recordar que en la década de los 80, tras una sucesión de acuerdos argentino-brasileños, se dieron los primeros pasos hacia la conformación de un bloque regional. 

El punto inicial de estas concertaciones es la ya histórica declaración de Iguazú, acordada por los presidentes de Argentina y Brasil, Raúl Alfonsín y José Sarney, respectivamente, en 1985. Por lo tanto, los primeros indicios de un mercado común se establecieron partiendo de los intereses propios de los gigantes de la región, en el marco de un acuerdo bilateral.

A partir de este acuerdo se suscitaron otros más, hasta llegar a la década de los 90, donde Uruguay y Paraguay son invitados a sumarse formalmente al bloque. La entrada de Paraguay al bloque coincidió con el advenimiento de la democracia a nuestro país. 

Desde 1990 en adelante, y con las presidencias de Carlos Menem y Collor de Mello, se ajustó -con mucha mayor precisión- el objetivo de conformar un mercado común, la orientación estrictamente comercial y la creación de un espacio económico común, privilegiando como objetivo central la coordinación y armonización de políticas macroeconómicas. 

A partir de este momento, se establecieron algunas metas de cumplimiento imposible en tan corto tiempo -como la recordada del arancel 0-, fijándose como plazo diciembre de 1994, apenas 3 años después de la suscripción del tratado, algo que hasta el día de hoy no pudo cumplirse. 

La falta de identidad "mercosuriana" de nuestros pueblos es evidente, generada en gran medida por el desinterés de los gobiernos de potenciar el bloque y construir esa identidad. 

Esa construcción no puede hacerse solo desde el aspecto económico o comercial: para que el proceso sea exitoso necesariamente debemos ampliar el concepto de integridad también a factores culturales, educativos y sociales. 

En este sentido, puede notarse la falta de programas educativos y sociales comunes a todos los países. No existen incentivos para sentirnos parte de un mercado común. Sumado a ello, vemos a diario cómo la comercialización de nuestros productos en los países vecinos sufre rigores, trabas y bloqueos comerciales en abierta contradicción con los valores y principios de integración que se declaran.

El Mercosur, para el ciudadano común, no tiene significación alguna. Simplemente, no existe. O, peor aún, si tiene algún sentimiento es de desesperanza. 

Los procesos de integración regional ganan en importancia cuando la ciudadanía se apropia del proceso integracionista. La posibilidad de profundizar modelos y procesos es mucho mayor, cuanto mayor es la participación ciudadana de nuestros pueblos. 

En este sentido, el déficit del Mercosur es enorme, y a 20 años de su creación es un momento propicio para repensar el modelo. Hay quienes sostienen con convicción que Paraguay debería salir del Mercosur, que al país no le sirve este bloque regional en el que está inmerso.

Sin embargo, las características de país mediterráneo, y los serios problemas de institucionalidad interna, entre otros muchos de nuestra frágil democracia, nos impiden conectarnos al mundo por encima de la región. 

En un mundo globalizado y absolutamente imprevisible como el que estamos viviendo no aparecen, para nuestro país, otras opciones viables fuera de la integración. 

La pregunta que cabe en todo caso sería definir qué Mercosur es el que queremos, cómo podemos hacer del bloque el mejor escenario para nuestros intereses y que esa definición se convierta en una política exterior de Estado clara, que se traduzca luego en posturas sólidas y de defensa de los intereses nacionales en el contexto regional. 

Camilo Filártiga Callizo

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